37- MI ORACIÓN CON DIOS

 

Los cristianos estamos en medio del mundo, pero sin ser mundanos, por eso tenemos que estar vigilantes  ¿Como? con una auténtica vida de oración.

Pero ¿cómo se puede estar inmerso en la “vorágine” diaria, haciendo oración, es decir, hablando con Dios?

Dios está en todas partes. Por eso yo procuro tenerlo presente todo el tiempo, comentando con Él lo que sucede durante la jornada, pidiéndole parecer y ayuda, convencido de que en todas mis actividades del día Él actúa en mi, si yo le dejo, si le abro mi alma, si intento hacer solo su voluntad, actuando en la vida como un cristiano coherente.

También Dios está en mí, y necesito estar a solas todos los días, en un encuentro personal, íntimo y amoroso con mi Señor, creador, redentor, amigo y apoyo seguro y firme, que nunca defrauda. Además, Jesús está "físicamente" presente en el sagrario y allí puedo decirle cosas muy encendidas y, como escribe el Papa Juan Pablo II, “estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón”, con ansias de recibirlo, pues para quererse hay que "rozarse".

Hablamos de nuestras cosas, nos conocemos, yo le cuento mis preocupaciones, mis alegrías, le hablo de otras personas, le pido por ellas, hablamos del trabajo..., siempre escucho lo que me dice, es cuestión de tener el alma receptiva. Para ello hace falta un silenciamiento de nuestras potencias: destensar el cuerpo, soltar los frenos, todo entero, respirar en paz, concentrarse y olvidarse de todo, quedarse vacíos de todo recuerdo. Mi pasado lo saco de la memoria y lo pongo a un lado. Atención fija en un solo punto, en un Tú, que me ves, que me escuchas, que me hablas de muchas maneras: directamente al corazón, a través de mediaciones, sucesos, circunstancias no casuales -nada es casual-, a través de la naturaleza creada, tan maravillosa y tan locuaz…

Es un esfuerzo psicológico que en mi caso es también una virtud  por las dificultades que me supone lograr el silenciamiento, tanto en lo espiritual como en cuestiones temporales, pues suelo tener la mente muy dispersa.

"Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca". (Jn. 4,23)

La oración me transforma cuando es comprometida, leal, sin tapujos, mostrándome como soy, dejándome que Jesús me quite lo que sobra, sin componendas, apagando las velas al diablo. En este momento se profundiza en la vida interior, y con buenos libros de lectura y dirección espiritual asidua, se avanza en nuestra unión con Dios, más y más sin apenas darnos cuenta. Constancia, y cuando la mente está apática, solo basta con mirarle a Jesús, dándole mi cariño, como el perrillo a los pies de su amo.

El momento más especial en mi oración es cuando las palabras no pueden expresar lo que siento, y contemplando a mi Señor, noto que me tiene en sus brazos, que me habla y acaricia, pasan por mi mente y mi alma muchos sentimientos nobles, de confianza, de ternura, de felicidad y quisiera en ese momento "gritar" a los demás que se acerquen a Jesús, que no anden entre vanidades, que Él es el verdadero y único sentido de nuestra vida.

 "Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá". (Mc. 11,24)

Abro mi corazón a lo que Dios me pueda decir, y tomo notas. A veces me dice cosas que no entiendo, pero sé que Dios lo quiere así, pues siento la paz que me da en ese momento. El tiempo de oración es sorprendente, cuando me ayudo con un libro de lectura espiritual y leo los misterios divinos, me quedo sin saber que decirle al Señor ante tal desproporción entre su grandeza y mi nada. Me avergüenzo de mis pecados y debilidades y palpo la inmensa misericordia de este Dios de Amor. Mi rato de oración con Dios es el centro de todo lo demás, es como el momento de intimidad de un hijo con su padre: te conforta, te da seguridad, te compensa en la lucha diaria, y si además, el padre es inmensamente Padre, pasas el día anhelando que llegue ese momento, para ponerte a rezar.

Algunas veces vienen momentos que no sale nada, momentos de aridez en la oración: es cuando el  trato con el Señor se purifica y se hace mas firme. Es el momento de "dejarse llevar por la fe", superando los estados de ánimo, cumpliendo gustosamente el deber de cada día, aunque cueste. Se le ama a Dios sin condiciones, sin esperar situaciones mas favorables, contentándonos con lo que venga, sin perder la serenidad, sin esperar que las tareas salgan a nuestro gusto, porque habrán salido al gusto de Dios: "Quiero lo que quieres, quiero porque lo quieres, quiero como lo quieres, quiero hasta que quieras". Es momento de "insistir en la oración" y de decir como Bartimeo “Jesús, que vea”. Es momento de "abandonarse en sus manos": ¿lo quieres, Señor?...¡yo también lo quiero!.