39 - NUESTRA RESPUESTA A DIOS

 

"Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y solo vuelven allí después de haber empapado la tierra, de haberla fecundado y hecho germinar, para que dé simiente al que siembra y pan al que come, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi designio". (Isaias 54, 10-11)

El Espíritu Santo nos habla en lo más íntimo del corazón, fecunda el alma de quien sabe escucharle con humildad, produce frutos aromáticos de entrega a Dios, de caridad con nuestros hermanos, aroma purificador que hace este mundo más agradable a los ojos del Creador. Pero cuando le cerramos nuestro corazón, nos causamos un gran daño en el alma y hacemos más difícil el influjo benefactor del Espíritu de Dios, pues nuestro corazón se va convirtiendo en un erial reseco donde es imposible que germine ninguna buena semilla.

Hemos sido creados para darle a Dios la gloria que merece, y para eso tenemos que beber de sus fuentes, empaparnos de su doctrina, seguir sus caminos sin dejarnos engañar por el paganismo creciente que prescinde de Dios y no responde a sus llamadas.

Nuestra vida no tiene otro sentido que ser fieles al Señor, en cualquier edad y circunstancia en la que nos encontremos. De eso depende nuestra felicidad en esta vida y, en buena parte, la felicidad de quienes nos rodean. Es desalentador ver como Dios no recibe respuesta de personas tan cercanas a nosotros, a las que ayudamos con nuestra oración, con nuestro ejemplo, con nuestra palabra, con nuestra amistad, siendo cariñosos, serviciales, escuchando, animando, dando compañía..., de mil formas que se nos puedan ocurrir, pero vemos que no responden a Dios, y pensamos: no somos buen instrumento en las manos de Dios. Pero Él cuenta con nuestros defectos, Él hace crecer, nosotros solo sembramos torpemente... Constancia, más oración y mortificación, no hay que dejar de sembrar, ya crecerá la semilla cuando la palabra de Dios prenda en esa alma, Él dará un empujoncito, en el momento oportuno.

Dios recibe complacido nuestra correspondencia voluntaria a su gracia, la que todos los días derrama sobre nosotros, aunque no nos demos cuenta. Sepamos decirle libremente, como la Virgen: "He aquí la esclava del Señor". Hacernos esclavos de Dios por amor compensa al Señor de todas las faltas de correspondencia de muchas personas que hacen mal uso de su libertad dándole la espalda. Él tiene que recibir de nosotros ese afecto, ese amor, esa entrega a su voluntad que es el aroma de nuestros frutos, el aroma que atrae a nuestros hermanos hacia Dios, pues transmite paz y amor.