255- MIRARSE EL OMBLIGO

 

“Mirarse el ombligo es prolongar la infancia. En efecto, el ombligo es el único resto que queda de lo que fue decisivo al comienzo de nuestra vida: ¡por ahí pasó toda nuestra vida!, y sin embargo eso tan primordial estaba llamado a ser cortado y secarse cuanto antes. Seguir contemplando algo que fue el comienzo y la posibilidad de mi vida, pero que ya no tiene sentido, revela nuestra estupidez: querer prolongar una situación ya superada. ¡Es imposible volver a la situación primitiva! Pues bien, ‘mirarse el ombligo’ parece querer perpetuar algo que fue importantísimo, pero que ya pasó y carece de sentido.”

 

Estas palabras de Adolfo Chércoles, s.j. insigne ‘granaino’, me sugieren la primera gran dependencia del ser humano, dependencia total que desaparece bruscamente, de ahí nuestro primer trauma. Después de esta, vienen otras dependencias, no tan decisivas, pero nos agarramos a ellas como a tabla de salvación so pretexto de exigir nuestros derechos… porque nuestras obligaciones...

 

Somos dependientes de nuestros progenitores ¡hasta que ya no nos aguantan más!, después, queremos serlo del ‘papá Estado’, que tiene todos los deberes…, reivindicamos todo, como niños que no quieren crecer; no queremos ser mayores porque tendríamos que asumir nuestra responsabilidad y… ¡queremos que el responsable sea otro!

 

Una vez desconectados de nuestro ombligo, el suministro se acaba, vienen los deseos y, los primeros son el hambre y la sed, solo es un punto de partida porque después vienen los demás. Somos niños y no sabemos controlar nuestros deseos, les damos ‘rienda suelta’, hacemos lo que nos apetece, lo que nos place, lo que nos da placer, nos movemos en el plano estímulo-respuesta… Pero nos vamos haciendo adultos y tenemos que adaptarnos a la realidad, moviéndonos en el plano de la libertad.

 

Controlar los deseos no es reprimirlos. Controlar es ‘decir que no’ a muchos estímulos; reprimir es ‘no decir nada’, ‘darle la espalda’, ‘no afrontar’, ‘negar su existencia’ –como mal se hace a veces en la sexualidad- … la represión viene del miedo, del no saber qué hacer con ese estímulo, y como dice Freud: ese deseo va a parar al inconsciente donde se encuentra intacto, incontrolado.

 

Los estímulos de un animal están programados por un instinto, los de un niño tienen que ser controlados por los padres para no caer en el capricho.

 

Sería una catástrofe para nosotros seguir mirándonos el obligo con nostalgia de cuando nuestros derechos eran atendidos puntualmente. Insistimos, insistimos sin pararnos a pensar que esos derechos no implican a otras personas para siempre, la implican solo el tiempo necesario para solventar nuestra incapacidad de ejercerlos.

 

Y es que en nuestra inmadurez seguimos buscando la satisfacción de nuestros deseos, y como no pensamos que ‘el satisfecho no necesita nada, está harto’, pues los deseos se han extinguido con la satisfacción, entonces surge el pasotismo, la indiferencia.

 

La sexualidad en el amor se extingue con la satisfacción, solo dura cuando está asociado a componentes puramente tiernos, que coartan los fines del amor sexual pero crean lazos más duraderos, dándole un sentido que no sucumbe en la satisfacción. Estas ideas de Freud, son aplicables aquí:

 

La sociedad de consumo quiere aprovecharse del humano, un ser de necesidades, pero sabe que terminaríamos hartos, por eso convierte en realidad lo que solo es fantasía, haciéndonos creer que si no las satisfacemos seremos unos desgraciados, unos infelices.

 

Gracias a Dios, que es muy sabio, el hombre no solo es consumista, "no solo de pan vive el hombre". El pan es una necesidad, pero no una respuesta a nuestras preguntas. El hombre tiene hambre y sed de algo que no harte, que perdure, hambre y sed de Dios, de su Palabra, del ‘pan de la vida’ que Jesús ha prometido, para ir creando en nosotros lazos duraderos.

 

Hemos pasado del plano de la fantasía y el capricho de los niños al plano de la libertad de los adultos que apuestan por algo en la vida. Hemos dejado de mirarnos el ombligo, levantamos la vista y observamos un mundo que está fuera de nosotros y nos llama, tiene hambre, y nos sentimos libres para… compartir nuestro pan.