259- LOS DONES RECIBIDOS

 

Dios da a unos una simpatía innata, una inteligencia superior, una mente bien estructurada..., que no da a otros..., y no es injusto por ello.

 

Quien es rico y agraciado ha recibido unos dones negados a quien es pobre y desafortunado, pero... “quien mucho recibe mucho se le pedirá”. Esto pone las cosas más difíciles al que tiene abundancia que al que carece de casi todo, al menos eso parece.

 

Y lo digo porque no está tan claro: la pobreza que Jesús aprecia es la del no apego a las cosas materiales, la de la libertad del alma para amar desasida de estos apegos, la del desprendimiento y buen uso de los dones recibidos, la de no necesitar nada, pues "solo Dios basta", como dice santa Teresa.

 

La riqueza evangélica en forma de camello que jamás pasará por el ojo de una aguja, afecta al envidioso que termina poseído por la avaricia y se infla por el desprecio de los que tienen algo que él no tiene; esto le imposibilita para escurrirse por el ojo de la aguja, aunque en la práctica sea un pobre mendigo. Pero… el joven rico no poseía tan nefastas cualidades y Jesús “le miró con cariño”… corazón noble y sencillo, atractivo para Dios.

 

Sin embargo era incapaz de amar, incapaz de poseer la finura necesaria para pasar por el ojo de una aguja. Esa incapacidad abarca a los que tienen mucho y a los que tienen poco, todo es relativo porque no está el alma libre de afectos mezquinos en ninguna circunstancia, por dramática o por confortable que parezca.

 

Cuando hay amor una persona está dispuesta a pasar las más grandes penalidades, incluso por la indigencia económica. Seguro que todos conocemos abundantes casos. Pero un mal de nuestros tiempos es no ser capaz de desear la felicidad del amor, de desear amar, y esto nos ata a nuestros bienes terrenales..., queremos que suplan la negatividad a la que nos estamos abocando. Queremos inutilizar nuestro corazón para amar, atiborrándolo de cosas para asegurar nuestra vida, cuando en realidad la estamos matando.

 

Un corazón limpio de todo apego, aunque Dios le haya constituido administrador de mucha hacienda y dinero, vuela ligero hacia la plenitud, sin lastre que tire para abajo, porque, nuestros bienes honradamente adquiridos están para servir al bien de todos, si no, se oxidan, se pierden, se arruinan, y con ellos iría nuestra ruina.

 

Con qué placer iba Jesús a descansar a Betania, a casa de Lázaro, Maria y Marta, que poseían bienes y patrimonio. Seguro, eran buenos administradores, queridos por todos, como se aprecia en el episodio de la muerte de Lázaro. Ellos sí poseían la auténtica riqueza evangélica, pero no en forma de camello, sino de corazón volátil hacia Dios por desasido de lo mundano.