261- APOLOGÍA DE LO TRASCENDENTE

 

 

Estoy tan absorto, tan mediatizado por las cosas de este mundo que apenas conozco las del venidero. ¿Falta de dedicación?, ¿falta de interés?, ¿indiferencia cobarde?..., porque están ahí, me tropezaré con ellas a la vuelta de la esquina que tengo delante.

 

En cualquier momento desaparecerán las cosas de aquí - que tanto me absorben -, se esfumarán como el humo de un cigarrillo y... es una falta de previsión total no saber como continúa mi camino, qué retos me esperan...

 

Sé que todo va a cambiar y estoy desconcertado, no me he informado de qué vestido llevar - como vestir mi alma - ni qué equipaje - que necesitaré allí - pues no me imagino como vivirá mi espíritu sin su compañero inseparable - al menos la primera parte de la eternidad -, mi cuerpo. Como es un mundo espiritual, se me hace más difícil prever estas cosas.

 

Nos procuramos planes de pensiones para asegurar el bienestar futuro, invertimos nuestros ahorros para que rindan al máximo y disfrutar de ellos en el futuro, llevamos estricta contabilidad de los dineros para que no escaseen ahora y mas adelante. Aseguramos nuestros dineros futuros pero... descuidamos nuestro futuro personal. Es cómodo pensar que el mundo no trasciende y todo acaba al doblar la esquina... en el vacío, en la nada...

 

Parece que somos algo en función de nuestra solvencia dineraria. ¡Que poca autoestima! Esa moneda no sirve para continuar en el supuesto de que no haya tal vacío, y ese supuesto tiene visos de ser cierto, porque...

 

Ese nuevo mundo, no es desconocido para los humanos. Hace mas de 2.000 años todo estaba como en una nebulosa, no sabíamos nuestra procedencia ni nuestro destino. Ahora que, con permiso de los humanos - una humilde doncella dio la cara por nosotros -, Dios ha venido en persona y nos lo ha revelado con múltiples signos y pruebas, para facilitar nuestra previsión..., que no es una alarma cautelar: ¡viene temporal, tomen medidas!; no, el mas allá es una certeza que todos nuestros antepasados están viviendo...

 

El más allá nos inquieta. A pesar de lo que ya sabemos, vamos corriendo por la vida y no paramos a reflexionar, a refrescar nuestra memoria histórica que comenzó con el primado de Pedro “...tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mat 16, 18), memoria histórica custodiada por la Iglesia Universal hasta nuestros días. No nos paramos a escuchar a los demás – algo tendrán que decirnos que aun no sabemos -, a dar un poco de lo nuestro a quien no tiene... "tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, forastero y me hospedasteis, enfermo y me visitasteis..." (Luc 19, 34).

 

Y ese, exactamente ese, es el mundo que nos encontraremos al volver la esquina: la primigenia idea de Dios basada en el amor. Dos pasos y todo cambia, todo quedará nítido, descubriremos una amplia avenida sin final, que jamás habríamos imaginado.

 

Dar un poco de lo nuestro a quien no tiene, ellos nos devolverán algo de lo que tienen, y eso que tienen no es material, es espiritual, muy valioso para cuando nuestro espíritu se quede desnudo de corporeidad.

 

…Un barco que no navega se queda viejo, mohíno, no sirve ni para decorar la dársena. Se oxida, queda feo y desfigurado lo que fue un magnifico y competitivo navío de regatas. Vale menos que la ceniza del cigarrillo que al menor soplo se esfuma...

 

Y es que si nos abandonamos a la desidia, si nos cansamos en la lucha diaria por buscar el agrado de Dios, si no hacemos la ultima travesía de nuestra vida con el barco a punto y las manos en el timón, no llegaremos. Quedaremos a la deriva, desconocidos, desfigurados, inútiles, inservibles para nada ni para nadie, ni siquiera para Dios, pues nuestro corazón se ha endurecido como la piedra "...no creerían ni aunque un muerto resucite", dice Jesús en Lc. 16,31.

 

¿Que ocurriría si un conocido, difunto, volviera a la vida? Negaríamos que fuera la misma persona, le diríamos que vaya a otro sitio a contar esas historias, que nos deje en paz, nos portaríamos groseramente con el, le llamaríamos loco, alucinado, y si se pone pesado, nos desharíamos de el de la manera mas civilizada.

 

Lo que vale, cuesta. Este prepararse para el ‘mas allá’, cuesta, pero merece la pena, pues la esquina está a la vista. Lo que no cuesta poco se aprecia y dejarse llevar por nuestras apetencias no cuesta pero pronto desaparece, se convierte en cenizas que lleva el viento.