262- ¿MIEDO A NUESTRA FUERZA VITAL?

 

 

¿Por qué tenemos miedo a ser ‘grandes de inteligencia’, ‘grandes de corazón’, a ser ‘humanos’ hasta sus últimas consecuencias?

 

Nos echamos para atrás cuando no nos gusta el mensaje, nos cargamos al mensajero, ¡y quedamos tan frescos! Cuando no queremos admitir una dirección, forzamos la aguja magnética de la brújula para que apunte a otro sitio. Cuando no queremos admitir una realidad, nos engañamos y con disimulo tratamos de engañar a los demás...

 

¿Es esta actitud de valientes o de miedosos y cobardes?

 

Se quiere despeñar a Jesús porque las expectativas de los judíos de Nazaret se han visto defraudadas, se silencia y destierra a Averroes porque es demasiado inteligente, se condena a Galileo, se destruyen todos los libros de la China de Sian, se destruyen culturas por incapacidad intelectual para comprenderlas y... mejorarlas habiendo aprendido de ellas.

 

Se exterminan vidas inteligentes porque estorban, porque desvelan nuestras obsesiones ideológicas, que defendemos de forma irracional y no deseamos corregir un ápice...

 

Somos mezquinos, no somos sabios ni inteligentes, somos inhumanos cuando la ideología se endiosa en si misma, porque se hace insaciable (no conoce límites) y excluyente (no reconoce adversarios).

 

 

El vector de la vida.

 

La ‘teoría vectorial de la vida’ traiciona nuestro cómodo relativismo dentro de este ‘interesado’ maremágnum. Me explico: la fuerza de la vida está orientada hacia un fin específico, no decidido por humano alguno. La existencia e influjo de este ‘vector’ está presente en nosotros.

 

Vector: fuerza y dirección fijadas de antemano en el tiempo y el espacio. En física se describe el vector como ‘una magnitud con longitud y dirección’, es como un segmento (magnitud) dirigido (dirección y sentido, positivo o negativo), es decir, como flecha que avanza en una determinada dirección impulsada por una fuerza constante, que nunca decae. Ejemplo: la fuerza de la gravedad que actúa en cada uno de nosotros, sería un vector dirigido hacia el centro de la tierra con una magnitud G en kg.

 

Desde que somos un minúsculo embrión, el ‘vector de la vida’ está fijado e imprime una serie de sucesos cuantificables, científicamente verificables, que conforman nuestro ser. El desarrollo físico, intelectual y moral van parejos, aunque ya adultos, el primero finaliza su crecimiento e inicia el declive, no así los otros dos.

 

Pero no superamos nuestros conflictos y nos acobardamos ante la Verdad del ser humano, lugar hacia donde nos lleva el ‘vector de la vida’, que por cuestiones inexplicables, ya mencionadas, tendemos a eludir. Es como si quisiéramos oponernos a la fuerza gravitatoria, sabiendo que nadie se libra de estar sometido a la gravedad, ni siquiera el águila que parece flotar sin peso... Pero no es así, el águila maneja con maestría el vector de la gravitación, no se opone a el, colabora con el, sumando una nueva fuerza: la suya propia.

 

Tendemos a un bien absoluto.

 

Esto que hace el águila de forma inconsciente, lo origina el ‘vector de la vida’. Por el mismo motivo la naturaleza explota en primavera con toda su exuberante hermosura, y por lo mismo los humanos tendemos a un bien superior, absoluto.

 

Para toda la naturaleza la vida tiene un significado: el bien... Y este bien está en el centro de la diana, hacia la que se dirige velozmente nuestras más nobles fuerzas vitales.

 

Podemos cambiar la diana, desviar la flecha, frenar su impulso para que no llegue..., infinitas argucias, pero solo nos haríamos daño a nosotros mismos, sin motivos que justifiquen estas acciones, salvo nuestra enajenación autodestructiva.

 

Esta fuerza interior que Dios imprime en todo lo que crea y en especial en el humano, es para nosotros una ‘guía para llegar a vivir en plenitud’, para siempre. Pero ¡ojo!... hay muchas guías, hay muchos caminos que prometen felicidad, bienestar, vida... llena de lo que mas nos place..., pero todos acaban, antes o después..., ninguno permanece siempre.

 

“El rechazo de la idea de que el mundo ha sido creado por Dios con un fin… hace al hombre más libre de dar a la vida el significado que quiere darle. La vida así no tiene ningún otro significado”. (Nietzsche)

 

Por este camino el Occidente de hoy día no tiene futuro, porque partiendo de la idea nihilista de Jean-Paul Sartre “...el universo es absolutamente absurdo y la vida misma completamente privada de significado...” termina degenerando en el ‘antihumanismo’..., el hombre se convierte en un lobo para si mismo, en el mas repugnante exterminador de los débiles..., que al final seremos todos.

 

Esperanza en nuestra fuerza vital.

 

“Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín). Dios no cuenta con nosotros para traernos a la vida, sin embargo, está expectante para completar nuestra respuesta con... todo lo que un Padre lleva en el corazón y puede aportarnos.

 

"Todos los hombres y todas las mujeres —por mucho que a veces parezcan ocultarlo— aspiran a llenar su corazón de un amor puro y grande, que significa donación a Dios y a los demás por Dios, de modo que no quede espacio para el amor propio desordenado." (D. Javier Echevarria)

 

Cuando no logramos este deseo sufrimos una decepción, contemplamos como nuestra vida es un fracaso, pues no nos satisface, se nos torna superficial, caduca, carente de sentido...

 

Pero la flecha sigue su imparable marcha, directa al corazón humano, con toda su energía positiva que se sumará a la nuestra o se restará si nuestra energía es de otro signo. Siempre nos alcanza, para potenciar nuestro buen hacer o para contrarrestar nuestra maldad.

 

Maldad que está enquistada en el corazón humano, pues “nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre" (Mc 7, 15). Jesús se refiere a los alimentos declarados puros e impuros, pero también a que nada que entre por nuestros sentidos puede hacernos perversos si, previamente no lo aceptamos en el corazón, pues de ahí sale lo bueno o malo de nuestros deseos.

 

Pues nada es malo en sí mismo, solo se convierte en malo si lo vemos con corazón impuro. Nuestros sentidos pueden captar imágenes soeces, palabras indignas, acciones injustas..., y nuestra actitud puede ser de aceptación y complacencia o de rechazo e indiferencia.

 

La flecha, cuan saeta certera, es portadora de la Vida, y al impactar en su objetivo, descarga en nosotros su preciado influjo que nos llevará a la deseada plenitud o creará un conflicto con nuestra propia vida que no quiere aceptar la Verdad.

 

Podemos llegar a la frustración de una vida sin sentido que se acaba, por nuestra incapacidad para resolver la desarmonía interna entre nuestro propio comportamiento y una Vida que nos atrae con inusitada fuerza pero incompatible con nuestra realidad.

 

 

Dejar que la flecha del amor ‘haga diana’, sin miedo.

 

Es una fuerza vital que nos sobreviene y a la que no debemos tener miedo: miedo a donarnos a los demás, a salir de nosotros mismos, a renunciar a comodidades propias por el bien de otros, a luchar por un mundo sin diferencias, sin privilegios, en libertad para amar y ser amado, con la alegría de compartir el mundo con su Creador y... dejarnos guiar por esta fuerza que Él nos ha ‘esculpido’ en el corazón, noble, de carne que palpita... porque así nos lo ha conformado...

 

Tenemos que arrojar nuestro escepticismo bien lejos... El cristianismo es una opción radical por la vida, no una aceptación sin más, no sabemos vivir sin la lucha diaria contra lo que tira de nosotros para atrás alejándonos de la verdad y la razón.

 

Intentamos mirar adelante sin miedo, sabiendo que el Espíritu de Dios está en esa fuerza interior que como vector de vida, nos eleva, nos saca de la postración, nos arrastra hacia fuera, lejos de nuestras cobardes y comodonas aceptaciones sin pelea, de nuestras resignaciones a vivir lo que no es vida, sino muerte lenta, suave y sin dolor.