294- ¿CULTURA DEL ÉXITO? NO, GRACIAS

 

 

El ser humano que transpira bondad, se resiste a vencer a su semejante, pues sabe que ese triunfo no le hace necesariamente bueno. Sabe que no es mejor el que triunfa y tiene éxito en la vida por el hecho de triunfar y vencer a sus contrincantes; aunque esté abocado al triunfo, se resiste a vencer...

 

Le gustan los éxitos, como a toda persona, pero ama al adversario y al enemigo y no les humilla, mas al contrario, disfruta con el buen hacer de unos y otros, y se alegra con los éxitos de todos.

 

Para un cristiano es fácil de entender este planteamiento, pues nuestro Maestro nos dice en Lucas 6, 27-38 "...amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian... Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?, también los pecadores lo hacen."

 

Caminamos hacia la morada definitiva, pero nos quedamos por aquí, en estas moradas caducas en busca del ¡éxito! que... cuando lo obtenemos, se nos cae encima, nos aplasta, pues nos hemos dejado robar la esperanza, con engaño, por gentes que hace tiempo la han perdido y se obstinan en eliminarnos como adversarios.

 

Entran como ladrones en nuestra intimidad, y... nos desvalijan. Nos roban la moral, la corrompen relativizando la verdad, convierten lo bueno en perverso, y no es porque estemos indefensos ante la vida que predican, es porque siembran la cizaña de la indiferencia y... nos dormimos en ella.

 

Se podría aplicar la conocida imagen de Albert, placidamente en su casa con la conciencia muy tranquila... Pero una noche, de madrugada, le despiertan los ladridos de su perro y, se levanta haciéndole callar porque, piensa, ¡se ha trastornado!, ¡le ladra a un arbusto del jardín! Una hora después vuelve a ladrar; airado porque no le deja dormir, amordaza a su perro e inmovilizado le encierra en la perrera. Se duerme placidamente... En ese momento, un ladrón, viendo el terreno despejado, sale de detrás del arbusto, se deshace de Albert y desvalija su casa.

 

Es el relativismo y la indiferencia quienes amordazan nuestra conciencia, amordazan al Espíritu de Dios que nos guía, amordazan la voz de la Iglesia, divina en manos de hombres. Ponemos en solfa nuestros más preciados conocimientos e intuiciones y... pasa lo que pasa. Se nos cuelan hasta la cocina y nos devoran.

 

La cultura del bienestar, del éxito, la fama y el placer, el poder y el prestigio, todos, han destruido nuestra alma, la bondad de nuestro corazón, nuestra capacidad de buscar lo verdaderamente bueno en esta corta y única vida. Nos quedamos en la búsqueda del triunfo efímero y perdemos la brújula, nuestro rumbo comienza a hacer círculos a nuestro alrededor, no llegamos a ninguna parte y nos sorprende el final de nuestra estancia aquí en ‘paños menores’, sin el ‘vestido de boda’.

 

Hemos triunfado en esta vida pero se han olvidado de nosotros, porque los triunfos son efímeros y... no nos queda nada, solo Dios que nos mira compasivo y triste.

 

Pero esa mirada se puede tornar acogedora y feliz con solo ser conscientes de que Él nos espera con los brazos abiertos, ese es nuestro verdadero éxito: no dejar que se apague el espíritu, porque los lobos están ahí, y él nos avisa, nos defiende, nos habla del ‘destino eterno de nuestro ser’, de que no compensa ser el mas guapo, el mas listo y aplaudido, pues los ecos de esos aplausos desaparecen y... nos quedamos solos con nuestro yo..., una eternidad muy aburrida.