295- EL "INSTINTO BÁSICO" DE REZAR

 

 

Rezar, para muchos, es como un... "instinto básico". Perdón por la expresión si no es bien entendida, trataré de explicarme:

 

Muchos asumimos de muy buen grado la verdad de Dios, Hacedor de todo y compañero en nuestro caminar terrenal, y lo sentimos a nuestro lado, en toda circunstancia, vamos tomando confianza, vamos descubriendo su hacer entre nosotros y en cada uno, entramos en dialogo y... se nos hace natural ese dialogo a lo largo del día en asuntos que a veces son menudencias.

 

No es una cuestión psicológica, es la realidad del espíritu que habita en nosotros, y en el mundo que nos rodea, pues no solo somos cuerpos andantes y pensantes con mas o menos raciocinio, vivimos también realidades espirituales, en las que estamos inmersos y vemos con nuestros ojos, distintos a los canales. No es doble vida ni esquizofrenia, es, simplemente, acto humano pleno en sus potencialidades.

 

Y digo ‘pleno’ porque a veces infrautilizamos nuestras potencias, vemos solo con los ojos carnales y no usamos los ojos del espíritu porque no sabemos, o lo que es peor, los hemos dejado cegarse. Nuestro mundo sería solo el visible, rezar sería absurdo..., ¡hablar con nadie!, ¡hablar con uno mismo!...

 

Por eso, porque no estamos solos, en la comunidad rezante, hablamos con Dios las 24 horas del día, y con los demás, a cada uno en su lenguaje, y escuchamos, generalmente en el mismo lenguaje. No pretendemos que Dios sea visible para los ojos de la carne, son visibles sus obras, pero Él no, porque es espíritu perfecto no sujeto a leyes materiales. No es corpóreo y no refleja la luz que hace visible a la materia.

 

Así, en la comunidad rezante, la unión con Dios es total ya que le tenemos de compañero con un poder infinito de comunicación y de acción. Podemos hablarle en cualquier lenguaje, que todos entiende: con nuestro cuerpo, nuestras palabras, nuestras obras, con el pensamiento, deseos e ilusiones...

 

Nada pasa desapercibido... “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados” (Luc. 12,7), tiene todo presente: nuestro pasado, presente y futuro, nuestros pensamientos más profundos...

 

Nos conoce muy bien y desea que le conozcamos a Él, que no rechacemos su ayuda para llegar a la plenitud en Él. “Velad y orad, para no caer en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.” (Mat. 26, 41)

 

Personas orantes, rezadoras, dialogantes con nuestro compañero inseparable.

 

Oramos para no quedarnos en el camino -que poco ofrece-, porque en un viaje lo importante es llegar al destino, sin sorpresas, pues nuestro Guía sabe muy bien donde llevarnos, y no nos engaña, seguro..., le conocemos, le tratamos mucho en esta vida, hemos intimado, discutido, nos hemos enfadado y reconciliado, nos ha perdonado muchísimas veces, le hemos echado en cara las veredas intransitables por donde nos lleva –caminos estrechos con precipicios sin fondo, piedras, espinos y espesuras, subidas agotadoras...- Él sabe más..., llegaremos en plena forma.

 

“Velad y orad, pues no sabéis ni el día ni la hora” (Mat. 25, 13)

 

Sería sorprendente que al final de un vuelo en avión –un camino moderno y placentero-, los pasajeros escuchasen atónitos y desesperados la voz del capitán ‘...estamos llegando a nuestro destino, el avión tomará tierra en breves instantes, abróchense los cinturones...’ desesperación, ¡no es posible!, ¡como!, ¿se termina el viaje?...

 

Todo viaje tiene un principio y un final, un origen y un destino, y esta vida no deja de ser un viaje a un lugar que la ‘comunidad de rezadores’ conocen muy bien, aunque nunca hayan estado allí. Pero llegado el momento, todo misterio quedará desvelado en la misma escalerilla del avión.