299- IMITANDO A JESÚS

 

 

“Si alguien te  pide la túnica, dale también el manto” (Mat. 5, 40)

 

Es asombroso, Jesús rompe todos los moldes, y estoy convencido que solo imitándole en su manera de vivir las relaciones con los demás, evitaría muchos sufrimientos, propios y ajenos y estaría más cercana de la verdad que si actuara de otra manera.

 

Porque... jamás comprenderé el fondo del corazón humano, y por ello, se me hace muy difícil juzgar hechos y dichos de otras personas, juzgar actitudes. Nadie está plenamente en la verdad o en el error, todos tenemos motivos, desconocidos para otros, que nos llevan a actuar como actuamos.

 

Jesús nos pide confianza plena en las personas, so pena de ser engañados una, dos..., veinte veces. El corazón humano rebosa de buena voluntad, reclama bondad aunque esté mancillado por el mal, se violenta a sí mismo con la mala fe y, además, el mal siempre se delata a si mismo, siempre queda en evidencia. Somos conscientes que perdemos engañando más que siendo engañados. A lo sumo, ser engañado puede afectar nuestro bolsillo, porque el honor... de nada sirve hoy día.

 

El que engaña y miente se daña a sí mismo en la mas íntima esencia del ser humano, creado para el bien, la bondad y el amor..., amor sin límites, duradero, eterno... Aunque el mal nos traiga sufrimiento y dolor, llega un día en que todo acaba si nos mantenemos fieles como Jesús, obediente al Padre hasta el final dramático y doloroso, venciendo para siempre el odio y la maldad humana.

 

Él, ve muy por encima de nosotros, ve nuestro destino, y se vuelca en nuestro favor... por amor a los humanos. Nos ha sufrido y nos sufre, pero no desfallece hasta llegar a las mismas puertas del mal. Se faja cara a cara con el maligno, que se sabe ya vencido pero... aprovecha hasta el último resquicio...

 

Seamos inteligentes: Tres actitudes indignaban especialmente a Jesús, porque nos entregan en los brazos de la perdición: la hipocresía (Mat. 23, 13...), el escándalo (Luc. 17, 1-2) y la tibieza espiritual (Ap. 3, 15).

 

La hipocresía es el autoengaño, la vida falsa que impide ver bondad en las personas y las cosas, creen los hipócritas agradar a Dios y solo se agradan a si mismos porque Dios odia la falsedad.

 

El escándalo destruye los corazones, victimas de quienes inculcan a los demás los propios vicios.

 

La tibieza espiritual es una situación de relativismo e indiferencia hacia la verdad que impide toda reacción de amor o de odio, es un desprecio a la vida puesto que nada es indiferente, todo lo creado tiene sentido y un ¡por qué! El tibio ni es frío ni caliente, no respira, no reacciona.

 

La hipocresía se podría confundir con la tibieza, pero no. Para el hipócrita el bien es mal, lo malo es bueno, la verdad es mentira y viceversa, todo relativo en función del interés propio, antisocial por excelencia, inhumano, es el autoengaño ciego, sin alternativa. La hipocresía es incompatible con una verdad basada en la bondad de Dios. Es fría, helada para el Espíritu y caliente, ardiente idólatra de sí misma.

 

Unos y otros siembran escándalo con sus propias vidas, arrastran a los demás hacia sus perversiones e indiferencias, arrancan del niño la inocencia natural, la bondad inscrita en su corazón: ‘no te fíes’, le dicen, ‘todo el mundo es malo, aunque parezca bueno’. El pecado que jamás perdonará el Espíritu de Dios: achacar a Satanás las obras buenas que provienen de Dios. Cuando una persona ayuda y se entrega desinteresadamente a otra, ‘algún interés oculto tendrá, todo se compra, nadie hace nada por nada’, piensan los hipócritas...

 

Los tibios tienen el corazón plano, los hipócritas no ven más allá de sus narices, y los que están obstinados en la perversión no reconocen su error, lo sudan por todos sus poros, lo extienden obsesivamente por todos los lados.

 

Estos son algunos de los frutos que da una vida influenciada por el espíritu de soberbia y engreimiento, que provienen del mal. Por eso debemos dar vuelta a la tortilla y desprendidos de falsas vestimentas; dejarnos empapar por la vida que Jesus nos enseñó con su propio ejemplo.

 

¿De que estamos llenos? ¿De aplausos, condecoraciones, reconocimientos y autocomplacencias...?

 

Eso y nada es lo mismo, Jesus se llenaba del Espíritu de Dios y nos enseñó a ver ese Espíritu con nuestros ojos carnales, en todas sus obras, fuera y dentro de nosotros mismos, a amarle... ¿Como se puede hablar de las maravillosas pinturas de la Capilla Sixtina sin hablar de Miguel Ángel; de la estimulante música de los años 60 sin hablar de los Beatles?... No se puede hablar de las cosas de la vida sin hablar de su Hacedor, Artífice, Creador y siempre Padre.

 

Por eso Jesus vivía para hacer en todo la voluntad del Padre Dios. Y... ¿donde está la clave?

 

En que Jesus, siendo el ‘número uno’ -como se dice hoy-, vivió con actitud de servicio a los demás, mientras que nosotros siendo muy mediocres en todo, actuamos como si fuéramos los mejores, los imprescindibles... A veces nuestra chulería es ridícula. Teniendo como modelo a Jesus no se rompen los espejos al contemplarnos, vemos con claridad y nitidez cual es nuestro papel en la vida, humilde papel pero con una eficacia infinita y auténtica.

 

Seamos inteligentes, repito, nuestro destino lo forjamos en esta vida pasajera, pero que podemos alargar hasta el infinito si nos asimos fuertemente a la Vida, con mayúscula, a la de verdad, sin crearnos un mundo inconsistente y de ficción. Solo Jesús es nuestro Maestro, y es un buen pedagogo, tenemos que sumergirnos en sus palabras, mensajes llenos de auténtica vida que nunca termina porque el amor sobre el que se sustenta es... inagotable... en continuo crecimiento... hasta el infinito...